El Guácharo

Niver Vargas Palacio.
CIBERCOLEGIO.

El Guácharo

Ilustración de la portada: La noche del guácharo de Niver Vargas (2015) Medellín - Colombia

 

«De esta ralea, el término ‘guácharo’ se enconó en la jerga de la mayoría de los labriegos, utilizándola para apuntar, comparar o abultar alguna adversa situación. Así, pasó de ser un vocablo utilizado entre los potenciales ornitólogos de la región, a ser la invocación de lo per verso, lo vicioso, lo abominable, lo execrable. [...] lo más destacable de esta palabra –incluso por encima del terror mismo que suscitó– fue haber alcanzado, en poco tiempo, más popularidad que las campanadas de la catedral a las cinco de la mañana.»


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El Guácharo

En aquel tiempo en que burdéganos, mulos y pollinos franqueaban los encaramados capiteles antioqueños, a guisa de desaforados cuatreros, vapuleaban los arrieros sus indómitas bestias. Aunque plana la veían desde el cielo las nubes que la lloraban, elevada, horizontal y espetada, desdeñosa, inclinada y frígida, desafiaba aventarse hacia el pie de Morro Azul, Santa Fe de Yarumal. Este ingente villorrio del reino de Antioquia amenazaba perpetuar su existencia en la memoria de sus nacidos o en la pesadumbre de sus maldicientes, si su señorío y potestad fueran desaprobados o si el que formó su enrevesada fisonomía, por alguna razón (o por ausen-cia de la misma) así lo decidía.

Santa Fe de Yarumal, conjunto de destellantes monarcas de bahareque adobados con cal, calzados con anilina de colores y tejas por penacho en lo alto de sus testas, color ladrillo, se manifiesta a 2.265 metros como un gélido enjambre de abejas. Todo indica que acá donde se comulga de lunes a domingo y donde cualquier desplazamiento, sin importar la orientación geográfica, se hace subiendo, bajando; bajando, subiendo… lomas principió sus desafueros, hace ya algún tiempo, una trasnochadora ave con gran capacidad para disimularse de día.

— ¿Y es que te da cutupeto esa chapola?

— ¿Chapola? ¡Ve este peletas! ¡Seguí de triscón! ¿No ves que’s un currucutú enrazado en mojojoy?

—Sí paisano, ese parece ser el entripado del que hablan los piones, quisque todos agallinados y con canillera por un chupacabras que con curia se jarta las frutas.

Ideas algunas, historias muchas, cotilleos por doquier; a lo lejos empezó a oírse como el cacareo sordo y gutural de las ponedoras, durante el trasnocho de alguna sofocante misa de gallo, las primeras sacudidas de plumas del guácharo; más adelante empezó a verse las sublevadas bandadas de pájaros sembrarse en la bóveda celeste, mientras aleteaban en dirección al lugar donde se forma la galerna antioqueña para, finalmente, recogerse entre laureles, crotos y urapanes en el Mar Verde de Antioquia. La presencia de este infernal averío, si bien sobrevoló la mayor parte del tiempo los más yermos paisajes, se hizo sentir con enfática avidez en la república de Yarumal, donde se presenció –y no en periquetes el férreo empecinamiento de los insaciables picos de estos avistrujos.


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Era, entonces, el reino de Antioquia un orbe de cordilleras, sierras, cumbres, cimas y otras imaginables desfiguraciones geográficas; elevaciones y cantidad de promontorios, todos ellos remachados cual suerte de costuras en una holgada alfombrilla vegetal. Sus oriundos, que solo se percataban de lo existente al interior de su amurallado confinamiento montañoso, exigua consciencia poseían sobre lo existente allende las montañas. De acuerdo al imaginario de estos retoños –acemileros, arrieros, camanduleros, comerciantes, ordeñadores, cuatreros, mineros (en su mayoría), en el extremo naciente del reino de Antioquia se hallaba la república de San Angostura; en el extremo norte, la república de Valdivia; en el extremo sur, la república de Santa Rosos; en parte de lo que resta, ahí, empotrada en el levante, la república de Yarumal; y al oeste de esta, es decir, en el extremo ocaso del reino, está el Mar Verde de Antioquia. Todas ellas verdes, todas ellas desfiguradas, todas ellas montañeras.

En cuestiones de potestad y albedrío, semejantes a una mareta, cada una de estas democracias era zarandeada por los ánimos anárquicos de algunos colonos; pese a ello, a viva voz se voceaba lo que voz era capaz de vocear: «independencia, carácter y berraquera»; ansias ufanas de descollar incluso por encima de la altura de las torres de las iglesias y de los campanarios y de las ermitas y de los palos de aguacate. Un cuento que de no haberse echado a manera de recuas consecutivas de alaridos, en las plazas de los caseríos, podría entenderse más como la causa de órganos cercenados y no una frugalidad de espíritu. Así siempre había sido, cada república era muy única, ¡muy animasola! y siempre que ruido se articulaba en lo profundo del ‘gargüero’ de cada una de ellas esa tonadilla vasca adaptada a la altura de estas tierras era expulsada y arrastrada briosamente. Todas tenían el mismo acento.

— ¡Qué no se me ponga de acusetas! ¡Qué la estoy viendo como medio alebrestada echándole carreta a medio pueblo!

—Seguí así y esa tatacoa te va a susquniar como a un catre.

—¡Malaya sea…! ¡Ni que fuera un guácharo!

De esta ralea, el término ‘guácharo’ se enconó en la jerga de la mayoría de los labriegos, utilizándola para apuntar, comparar o abultar alguna adversa situación. Así, pasó de ser un vocablo utilizado entre los potenciales ornitólogos de la región, a ser la invocación de lo perverso, lo vicioso, lo abominable, lo execrable. Se dice que la expresión fue acuñada en la Calzada del Reino; lo más destacable de esta palabra –incluso por encima del terror mismo que suscitó fue haber alcanzado, en poco tiempo, más popularidad que las campanadas de la catedral a las cinco de la mañana.

Como un chapucero, trabajoso y artesanal zurcido resultó la Calzada del Reino, la ambiciosa confabulación de los diferentes y auto pensados flamantes gobiernos para poner en contacto, por medio de una presunta senda, todo el acervo cultural, económico, religioso, moral y geográfico panantioqueño. A varios kilómetros más allá de Santa Fe de Yarumal, caminando por el remiendo de picas y palas que conduce a la república de San Angostura (la Calzada del Reino), se emplaza entre montañas y ribeteado por el río Nechí, Puerto Mallarino que, pese a no ser un gran poblado, había sido considerado el principal balneario de esta región y uno de los más abarrotados del reino.

 


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Debido a la fortuita meticulosidad que, a veces, se debe tener a la hora de describir ciertas impresiones y parajes; no muy lejos del balneario aludido –y como no puede ser distinto en esta tierra, donde lo que no esté sobre montaña o borde de quebrada simplemente no existe vivían afables familias campesinas, disciplinados labradores, avezados extractores de leche y diestros tañedores de machete. Familias todas nutridas de hijos, vacas, caballos y fríjoles, cachorros de perro y huevos de gallina; que encarnizadas permanecían en el campo desde el día consagrado a la luna hasta el día consagrado a un dios romano, justo antes del día en que –medio escapando de la lógica de tales deidades paganas se consagraba la jornada al Señor. No obstante, entre las poblaciones cercanas a este lugar, había la malsana costumbre y el morboso sentir de que aquellos que vinieron al mundo, haciendo referencia a los propios de esa tierra, entre las doce del mediodía y las tres de la tarde, no fueron paridos sino que fueron escaldados mientras borbotaba el caudal del Nechí por la maliciosa acción del amarillo calienta frentes. Que así nacían porque las parteras eran agoreras en eso de llegar a la vida entre la maleza (¡cómo los huevos de las ponedoras!) y que por eso a los naturales de este rincón nunca se les atisbaba (¡siquiera!) remojándose la candelilla en las corrientes de esta líquida carretera entre montañas. Aunque la verdad era otra.

—¡Cómo le parece que ya ni se puede brinconiar en las mangas!

—¡Ole, muy cierto eso! Desde que llegaron aquellos hablantinosos y botaratas nos han estado pordebajeando que porque les parecemos achilados, bizcorne-tos y desgualetados.

—Pero sabe qué primo, si esos noveleros siguen con esa recocha se van a dar un totazo muy fuerte.

Es importante advertir que, entre toda esa antipática masa de hervidos, algunos sentían dolor en los ventrículos e hinchazón en las arterias al ver cómo los aristócratas –la mayoría de ellos procedentes de las repúblicas de Yarumal y Santa Rosos levantaban pequeños feudos debajo de medianos y ventilados toldos de costal de fique, clavados todos con monumental arribismo en cada una de las riberas del caliente afluente. Tal vez sea este el testimonio más claro y la razón más plausible por la cual levantó vuelo el tropel de animales que más hostigó el reino.

Si bien la fuerza del Padre impelía la existencia de cuanto ser habitaba las montañas, tal vigor no fue impeditivo para precisar la división política del reino en cuatro grandes, accidentadas y embrionarias repúblicas, y un mar verde; tampoco lo fue para evitar la perversidad, la alevosía y la perfidia en algunas entrañas humanas. Justo ahí, donde se cuecen los más insondables deseos y las más abigarradas ambiciones, comenzó a pensar y a efectuar numerosas confabulaciones que lo facultaron como el gerifalte del reino. El Guácharo, como se hizo llamar en los momentos en que el procesamiento de la caña de azúcar en panela representaba la actividad económica más lucrativa del territorio –e igualmente la más perseguida por su calidad de ilegítima, se empoderó a sí mismo la responsabilidad de librar la más inclemente conflagración que recuerden las camadas antioqueñas: los Guácharos y la Liga Panantioqueña. Los primeros constituyeron la cohorte de El Guá-charo y las fuerzas subversivas del reino; la última se erigió como la probidad de los aristócratas y el resultado de las fuerzas aliadas de las cuatro grandes repúblicas.

 


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Pastoral y Bienestar
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